Esther Landhuis, Author at Â鶹ŮÓÅ Health News Tue, 30 Mar 2021 12:27:39 +0000 en-US hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.5 /wp-content/uploads/sites/2/2023/04/kffhealthnews-icon.png?w=32 Esther Landhuis, Author at Â鶹ŮÓÅ Health News 32 32 161476233 Medicamentos ya conocidos, y baratos, podrían ser clave para tratar covid /news/medicamentos-ya-conocidos-y-baratos-podrian-ser-clave-para-tratar-covid/ Mon, 29 Mar 2021 17:50:16 +0000 https://khn.org/?p=1282981 ¿Podría un antidepresivo que se usa desde hace décadas ser un arma secreta contra covid? Algunos científicos creen que sí, después de que dos pequeños estudios demostraran que la fluvoxamina, que se suele recetar para el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), evitara que los participantes desarrollaran una forma grave de la enfermedad.

Sería algo impresionante. Un tratamiento de dos semanas de este fármaco, que cuesta $10, podría reducir el número de muertes y hospitalizaciones.

El medicamento podría utilizarse para luchar contra los brotes actuales en los Estados Unidos y sería un regalo del cielo para los países de bajos ingresos que deben esperar años para recibir vacunas contra el virus.

Pero la fluvoxamina, al igual que otras medicinas que muestran su potencial contra covid, se enfrenta a obstáculos para su evaluación completa.

Las compañías farmacéuticas no tienen ningún incentivo para gastar millones en probar nuevos usos de medicamentos baratos y sin patente. Aunque resulte prometedor en los primeros ensayos, las probabilidades de que cualquier medicina ya existente proporcione un beneficio importante son escasas.

Y el entusiasmo inicial por los tratamientos contra covid que luego fracasaron “ha hecho que haya escepticismo”, dijo el , profesor de medicina preventiva de la Universidad del Sur de California.

De hecho, muchos científicos creen que la prematura publicidad que hizo el presidente Donald Trump de la hidroxicloroquina obstaculizó los esfuerzos para encontrar otras curas genéricas.

La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) concedió el uso de emergencia del fármaco contra la malaria en marzo, y luego revocó la autorización menos de tres meses después de que la evidencia demostrara que era probable que fuera más perjudicial que beneficioso para los pacientes.

“A los médicos que queremos practicar medicina basada en la evidencia nos sentimos afectó la experiencia de la hidroxicloroquina, y lo que de verdad queremos ver son buenos estudios antes de decidir”, expresó el , director clínico de la división de enfermedades infecciosas del Brigham and Women’s Hospital de Boston.

Y eso plantea un dilema. , los Institutos Nacionales de Salud (NIH), el mayor financiador público de investigación biomédica del mundo, han mostrado poco interés en los estudios de medicamentos reutilizables.

Y sin grandes cantidades de dinero, es difícil realizar la investigación necesaria para demostrar si los tratamientos existentes podrían funcionar contra covid.

Por ello, los esfuerzos por reutilizar los fármacos han recaído en los filántropos, algunos de ellos ubicados en el Área de la Bahía de San Francisco, en California.

“Nos estamos perdiendo los beneficios para la salud pública de los fármacos que ya tenemos porque dependemos casi por completo del capitalismo y de la industria privada para conseguir avances”, afirmó Elaine Lissner, fundadora de la , con sede en San Francisco, que apoya la investigación sobre covid y la fluvoxamina y otros fármacos orales de bajo costo.

La reutilización es una apuesta arriesgada, pero comparada con la creación de fármacos y vacunas, el enfoque tiene claras ventajas durante una pandemia de rápida evolución. “Si funciona y lo tienes a mano, y no tienes tiempo de desarrollo”, dijo la , especialista en enfermedades infecciosas que asesora a empresas, inversores, gobiernos y filántropos.

Uno de los mejores tratamientos del arsenal anti covid —el esteroide común dexametasona— es un medicamento reutilizado. Pero sólo se recomienda para pacientes hospitalizados que estén gravemente enfermos.

En abril de 2020, Danzig se sintió “muy entusiasmada” por la noticia de que un equipo dirigido por investigadores de la Universidad de California-San Francisco había que, utilizados de forma precoz, podrían contrarrestar las infecciones por SARS-CoV-2, el virus que causa covid. “Pienso que, si podemos probar rápidamente algunos de ellos en ensayos clínicos, podremos tener respuestas para octubre”.

Sin embargo, estos estudios han tenido . Los ensayos sólidos de tratamientos tempranos contra covid son especialmente difíciles de realizar. Los pacientes deben inscribirse a los pocos días de notar los síntomas. Y sin una infraestructura nacional de investigación, “es difícil llamar la atención de alguien para que participe en un ensayo o lo remita”, aseguró el , psiquiatra de la Universidad de Washington en San Luis, que el año pasado se asoció con su colega, la , para llevar a cabo un ensayo de fluvoxamina en pacientes recién infectados de covid con síntomas leves.

Los participantes en ese primer estudio registraron los síntomas en un sitio web mientras tomaban comprimidos de fluvoxamina o de un placebo que se enviaban por correo a sus casas.

La fluvoxamina es uno de los fármacos más antiguos de la clase de los (ISRS). Se receta para la depresión mayor en muchos países y fue para tratar el TOC.

Los resultados del ensayo, en el Journal of the American Medical Association, mostraron que ninguno de los 80 pacientes tratados con fluvoxamina enfermó gravemente, mientras que seis de los 72 pacientes que tomaron pastillas de placebo empeoraron y requirieron hospitalización.

El mes pasado, otra revista especializada de un estudio en el mundo real que se hizo eco de los resultados de la JAMA: Entre los 113 trabajadores de hipódromos a los que se les ofreció fluvoxamina tras contraer covid durante un brote en el Área de la Bahía, ninguno de los 65 pacientes que eligieron tomar el fármaco empeoró, mientras que seis de los 48 que rechazaron el medicamento acabaron hospitalizados, y uno murió.

Las pruebas de la fluvoxamina —que incluyen datos de células y animales que demuestran que el fármaco bloquea la inflamación perjudicial a través de una diferente a la forma en que trata la depresión o el TOC— la sitúan “entre las terapias no probadas más prometedoras”, dijo Sax.

Está a la espera de resultados más definitivos de un que lleva a cabo el equipo de la Universidad de Washington. “Basándome en años de observación de ensayos terapéuticos en enfermedades infecciosas”, comentó Sax, “muchas de estas cosas resultan ser un fracaso”.

Los estudios pequeños tienen más probabilidades de sobreestimar los efectos de un fármaco, señaló , bioestadística de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la universidad Johns Hopkins.

Las experiencias con varios tratamientos experimentales ilustran la palabra precaución. A principios de la pandemia, algunos médicos empezaron a tratar a las personas con plasma convaleciente, es decir, sangre donada por pacientes recuperados. El entusiasmo por el plasma, que ha decaído a medida que estudios más amplios han puesto en duda su eficacia, desvió durante un tiempo los recursos para el estudio de otros fármacos, afirmó Ogburn.

La investigación sobre el fármaco para la gota, la colchicina, provocó una reacción similar. En enero, un comunicado de prensa afirmaba que el fármaco reducía las muertes por covid en un 44%, pero una vez que se publicaron los datos completos, el entusiasmo se enfrió, apuntó el , médico-científico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Minnesota que dirigió varios ensayos con hidroxicloroquina que ayudaron a refutar el valor de ese fármaco en la lucha contra covid.

“Es difícil distinguir lo que es real de lo que no lo es”, dijo.

Dado que los NIH muestran poco interés por los genéricos, los financiadores privados han aprovechado la oportunidad. El empresario tecnológico de Silicon Valley, Steve Kirsch, puso en marcha, la primavera pasada, el para apoyar la investigación de medicamentos prometedores.

El fondo de Kirsch ayudó a financiar el ensayo de fluvoxamina y coordinó la recaudación de la mayor parte de los $2 millones necesarios para el actual estudio nacional. Kirsch ha escrito y ha intentado solicitar una autorización de uso de emergencia a la FDA.

Pero algunos han interpretado su celo como una sobrevaloración del medicamento. Los periódicos han rechazado sus artículos de opinión, Facebook ha retirado sus publicaciones y Medium ha eliminado el artículo de Kirsch titulado “La solución rápida, fácil, segura, sencilla y de bajo coste para COVID que funciona el 100% de las veces y de la que nadie quiere hablar”, y ha cerrado su cuenta.

Las afirmaciones sobre la eficacia y la seguridad de un medicamento sólo pueden hacerse tras la autorización del producto por parte de la FDA para su uso previsto, explicó Danzig, que actúa como asesor médico voluntario del fondo de Kirsch. Estas normas “no son muy conocidas por la gente del mundo de la tecnología”.

Las directrices de los organismos son lentas de cambiar, y por una buena razón, dijo Boulware. “Si algo es una directriz y no se cumple, eso es el principio de una mala práctica médica”.

En el caso de la fluvoxamina, sin embargo, Boulware considera que los datos son prometedores y espera que el ensayo más amplio pueda completarse rápidamente. “Si éste fuera el primer fármaco que aparece y no existiera la experiencia de la hidroxicloroquina, la gente lo vería de forma muy diferente”, añadió.

A principios de este mes, CityHealth Urgent Care, que tiene dos clínicas en el Área de la Bahía y un programa nacional de telesalud, empezó a

Además del estudio sobre , hay otros ensayos de reutilización de fármacos que inscriben a pacientes estadounidenses, entre ellos un ensayo de los NIH que compara , y otros ensayos que evalúan el fármaco para la diabetes o la para el tratamiento o la prevención de covid.

Hay planes para realizar más ensayos con el apoyo de una . Además, un ensayo en diferentes ubicaciones y controlado con placebo, coordinado por la Universidad McMaster de Ontario, Canadá, compara la en pacientes con covid leve.

“Creo que vamos a obtener algunas respuestas”, señaló el , decano de la Facultad de Medicina de Emory. “Pero hubiera sido mejor tenerlas antes”.

Â鶹ŮÓÅ Health News is a national newsroom that produces in-depth journalism about health issues and is one of the core operating programs at Â鶹ŮÓÅ—an independent source of health policy research, polling, and journalism. Learn more about .

USE OUR CONTENT

This story can be republished for free (details).

]]>
1282981
Scientists Seek Covid Treatment Answers in Cheap, Older Drugs /news/article/fluvoxamine-antidepressant-covid-treatment-repurposed-drugs-generics/ Mon, 29 Mar 2021 09:00:00 +0000 https://khn.org/?p=1280782&post_type=article&preview_id=1280782 Could a decades-old antidepressant be a secret weapon against covid? A few scientists think so, after two small studies showed that fluvoxamine, typically prescribed for obsessive-compulsive disorder, prevented serious illness in all participants who took the pills soon after developing symptoms.

It’s an exciting notion: A $10, two-week course of this drug could reduce death and hospitalizations. The drug could be used to fight ongoing outbreaks in the United States and would be a particular godsend for lower-income countries that may have to wait years for vaccines against the virus. But fluvoxamine, as well as other old drugs showing potential against covid, face hurdles to full evaluations.

Drug companies have no incentive to spend millions to test new uses for cheap, off-patent drugs. Chances are slim that any drug, even one showing promise in early trials, would provide a major benefit. And early enthusiasm for covid treatments that later flopped has “made people gun-shy,” said , a professor of preventive medicine at the University of Southern California.

In particular, former President Donald Trump’s premature promotion of hydroxychloroquine likely stymied efforts to find other generic cures. The Food and Drug Administration granted emergency use of the malaria drug in March, then revoked the authorization less than three months later after evidence showed it was more likely to harm than help patients.

“We doctors who want to use evidence-based medicine feel somewhat burned by the hydroxychloroquine experience and really want to see good studies before we actually jump on the bandwagon,” said , clinical director of the division of infectious diseases at Brigham and Women’s Hospital in Boston.

And that poses a Catch-22. , the National Institutes of Health, the world’s largest public funder of biomedical research, has shown little interest in studies of repurposed drugs. Without big money, it’s hard to do the research needed to show whether existing treatments could work against covid.

As a result, efforts to repurpose drugs have fallen to philanthropists, some in the Bay Area. “We’re missing out on public health benefits of the drugs we already have because we’re relying almost entirely on capitalism and private industry to make advances,” said Elaine Lissner, founder of the San Francisco-based , which is supporting covid research on fluvoxamine and other low-cost oral drugs.

Repurposing is a long shot, yet compared to creating drugs and vaccines, the approach has clear advantages during a fast-moving pandemic. “If it works and it’s on the shelf, you don’t have any development time,” said , a specialist in infectious diseases who consults with companies, investors, government and philanthropies. One of the best treatments in the covid arsenal — the common steroid dexamethasone — is a repurposed drug. But it is recommended only for hospitalized patients who are seriously ill.

Danzig was “very excited” last April by news that a team led by University of California-San Francisco researchers had that, when used early on, could counteract infections with SARS-CoV-2, the virus that causes covid. “I’m thinking, if we can rapidly test some of these in clinical trials, we can have answers by October.”

Yet these studies . Solid covid trials of early treatments are particularly hard to pull off. Patients often must enroll within days of noticing symptoms. And without a national research infrastructure, “it’s hard to get anyone’s attention to participate in a trial or refer to it,” said , a psychiatrist at Washington University in St. Louis who teamed with his colleague last year to conduct a trial of fluvoxamine in newly infected covid patients with mild symptoms.

Participants in that early study logged symptoms on a website while taking fluvoxamine or placebo tablets that were mailed to their homes. Fluvoxamine, sold under the brand name , is one of the oldest drugs in the (SSRI) class. It is prescribed for major depression in many countries and was to treat OCD.

The results of the trial, in the Journal of the American Medical Association, showed that none of the 80 fluvoxamine-treated patients became seriously ill, while six of 72 patients who took placebo pills worsened and required hospitalization.

Last month, another journal of a real-world study that echoed the JAMA results: Among 113 horse racetrack workers who were offered fluvoxamine after contracting covid during a Bay Area outbreak, none of the 65 patients who chose to take the drug got sicker, whereas six of 48 people who declined the drug wound up hospitalized, and one died.

The evidence for fluvoxamine — which includes cell and animal data showing that the drug blocks harmful inflammation through a different from the way it treats depression or OCD — puts it “among the more promising non-proven therapies,” Sax said. He is waiting for more definitive results from an ongoing being conducted by the Washington University team. “Based on years of watching therapeutic trials in infectious disease,” Sax said, “a lot of these things turn out to be busts.”

Smaller studies are more likely to overestimate a drug’s effects, said , a biostatistician at Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health.

Experiences with several experimental treatments illustrate this word of caution. Earlier in the pandemic, some doctors jumped on early lab data and started treating people with convalescent plasma — blood donated by recovered patients. Enthusiasm for plasma, however, has waned somewhat as the pandemic eased and larger studies suggested it .

Research on the gout drug colchicine caused similar whiplash. A news release in January claimed the drug reduced covid deaths by 44%, but once the full data was released, enthusiasm cooled, said , a physician-scientist at the University of Minnesota Medical School who led several hydroxychloroquine trials that helped disprove that drug’s value in fighting covid.

“It’s tough to weed through what’s real and what’s not,” he said.

With NIH showing little interest in generics, private funders have seized an opportunity. Silicon Valley tech entrepreneur Steve Kirsch launched the last spring to support research on promising outpatient drugs.

Kirsch’s fund helped finance the published fluvoxamine trial and coordinated fundraising for most of the $2 million needed for the current nationwide study. But his zeal gave some the impression that Kirsch was hyping the drug. Newspapers have rejected his op-eds, Facebook took down his posts, and Medium removed Kirsch’s story titled “The Fast, Easy, Safe, Simple, Low-Cost Solution to COVID That Works 100% of the Time That Nobody Wants to Talk About,” and closed his account.

Claims about a drug’s efficacy and safety can be made only after authorization of the product by the FDA for its intended use, said Danzig, who serves as a volunteer medical adviser for Kirsch’s fund. These rules “are not widely known to people in the tech world.”

Agency-level guidelines are slow to change, and for good reason, Boulware said. “If something’s a guideline, and you’re not doing it, that starts to become medical malpractice.”

In the case of fluvoxamine, though, Boulware finds the data promising and hopes the larger trial can be completed quickly. “If this was the first drug that came along and there wasn’t the hydroxychloroquine experience, people would view it very differently,” he said.

Earlier this month, CityHealth Urgent Care, which has two Bay Area clinics and a national telehealth program, began .

Besides the study, other drug repurposing trials are enrolling U.S. patients, including an NIH trial comparing , and separate trials evaluating the diabetes drug or for covid treatment or prevention. Plans are underway for additional trials supported by a . And a multi-site, placebo-controlled trial coordinated by McMaster University in Ontario, Canada, is comparing , in patients with mild covid.

“I think we’re going to get some answers,” said , dean of the Emory School of Medicine. “It just would have been nice to get them sooner.”

This story was produced by , which publishes , an editorially independent service of the .

Â鶹ŮÓÅ Health News is a national newsroom that produces in-depth journalism about health issues and is one of the core operating programs at Â鶹ŮÓÅ—an independent source of health policy research, polling, and journalism. Learn more about .

USE OUR CONTENT

This story can be republished for free (details).

]]>
1280782
Estudiantes de minorías analizan datos de COVID sobre disparidades raciales /news/estudiantes-de-minorias-analizan-datos-de-covid-sobre-disparidades-raciales/ Thu, 13 Aug 2020 19:28:42 +0000 https://khn.org/?p=1158290 Cuando el coronavirus llegó a Detroit esta primavera, la estudiante de Wayne State University, Skye Taylor, notó algo sorprendente. En redes sociales, muchos de sus compañeros de clase de raza negra que viven o crecieron en la ciudad “escribían sobre la muerte, cosas como: ‘Oh, perdí a este miembro de la familia por COVID-19’”, dijo Taylor.

La situación era diferente en Beverly Hills, un suburbio mayormente blanco no hispano a 20 millas de distancia. “Mis compañeros de la escuela secundaria no escribían cosas como esa”, contó Taylor. “Les va bien, a sus familias les va bien. E incluso aquellos cuyos miembros de la familia se han contagiado, siguen vivos”.

¿Cómo difieren los índices de infección por COVID-19 y los resultados entre estos códigos postales? se preguntó Taylor. ¿Cómo se comparan sus hospitales y otros recursos?

Este verano, como parte de desarrollada por investigadores de San Francisco y financiada por los Institutos Nacionales de Salud (NIH), Taylor está analizando esas cuestiones y otros efectos de la pandemia. Es una de las 70 participantes, pertenecientes a grupos poco representados en la ciencia, que están aprendiendo los métodos básicos de codificación y análisis de datos para explorar el tema de la disparidad.

Los datos para abordar las brechas raciales en la atención y sus resultados han sido escasos durante la pandemia, y no están disponibles para la mayoría de las comunidades de estos estudiantes, que .

Los participantes “hacen preguntas desde una perspectiva que necesitamos desesperadamente, porque sus voces no están presentes en la comunidad científica”, dijo Alison Gammie, que dirige la división de capacitación, desarrollo de la fuerza laboral y diversidad en el National Institute of General Medical Sciences.

Los científicos de origen afro, hispano, nativo-americano y de otras minorías han estado durante mucho tiempo insuficientemente representados en la biomedicina. Según los datos, los esfuerzos por diversificar el campo han progresado: el número de estas minorías que obtuvieron títulos de doctorado en ciencias biomédicas . Pero este aumento de doctorados no ha movido la aguja en las facultades.

Por el contrario, el número de profesores asistentes de las minorías en estas áreas ha disminuido en los últimos años, de 347 en 2005 a 341 en 2013. Y algunos de los que han entrado en la salud pública en el lugar de trabajo —o, después de años de trabajar en un ambiente tóxico, abandonan en silencio.

“Tenemos que conseguir que las personas reciban apoyo y encuentren trabajos académicos y de investigación lo suficientemente deseables como para que decidan quedarse”, enfatizó Gammie. “Ha habido mejoras, pero todavía tenemos un largo camino por recorrer”.

En 2014, el NIH puso en marcha la iniciativa . La iniciativa ofrece subvenciones a 10 campus universitarios que se asocian con decenas de otras instituciones que investigan cómo conseguir que los estudiantes de bajos recursos y de minorías sigan carreras biomédicas.

Los estudiantes del programa reciben estipendios y normalmente pasan los veranos trabajando en laboratorios de investigación. Pero cuando llegó COVID-19, muchos laboratorios cerraron y sus experimentos se suspendieron. “Todos se preguntaban: “¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo trabajamos a distancia?”, explicó la bióloga , que dirige el equipo de la iniciativa en la Universidad Estatal de San Francisco (SFSU).

Márquez-Magaña y la epidemióloga de la Universidad de California-San Francisco, , esbozaron un plan para que los estudiantes trabajaran a distancia con investigadores de bioinformática, salud pública y epidemiología para recopilar y analizar los datos de COVID-19 sobre poblaciones marginadas.

Gammie animó al equipo del Área de la Bahía de San Francisco a ampliar la oportunidad del verano a participantes de todo el país.

Del 22 de junio al 13 de agosto, los estudiantes pasaron de dos a tres horas en línea, cuatro días a la semana, en pequeños grupos dirigidos por mentores con nivel de maestría. Aprendieron bioinformática básica —métodos computacionales para analizar datos biológicos y de salud de la población— y R, un lenguaje de programación estadística, para recoger y analizar información de datos públicos.

“Pienso en la bioinformática básica y en la codificación R como una herramienta de potenciación”, explicó Mehta. “Se van a convertir en agentes de cambio en sus comunidades, luchando con los datos en la mano”.

La investigación científica a menudo lleva años, mientras que el análisis de datos para resolver problemas ofrece una sensación de inmediatez, señaló Niquo Ceberio, quien recientemente obtuvo una maestría en biología en SFSU y dirige el equipo de mentores. “Lo que me atrajo de esto es que te da la sensación de que no hay límites”, añadió.

Raymundo Aragonez, un estudiante de biología de la Universidad de Texas-El Paso que participa en el programa de verano, ve el análisis de datos como una forma de abordar la confusión en la comunidad hispana, incluyendo a algunos de sus familiares que piensan que la pandemia “es una gran mentira”.

Consternado por los videos engañosos de YouTube y la desinformación desenfrenada que se comparte en redes sociales, Aragonez, que aspira a ser el primero de su familia en terminar la universidad, dijo que espera aprender a “entender los datos y cómo las infecciones están sucediendo realmente, para poder explicárselo a mi familia”.

También quiere investigar si las tasas de infección por COVID-19 difieren entre las personas que viven en El Paso, de las que viven en la ciudad mexicana de Juárez y las que cruzan frecuentemente la frontera, como muchos de sus amigos y compañeros de clase.

Willow Weibel, una estudiante de psicología de la SFSU, estudia cómo las restricciones de COVID-19 afectan a la salud mental de los que fueron jóvenes de acogida y otros jóvenes adultos con antecedentes traumáticos. Weibel pasó gran parte de su infancia en hogares de acogida antes de ser adoptada por una familia del sur de California a los 17 años. “Me preocupa mucho como viven las personas este sistema”, señaló.

La salud mental es el hilo conductor de las preguntas de investigación propuestas por varios estudiantes del grupo de Weibel, entre ellos Skye Taylor, que se especializa en psicología con una “minor” en salud pública. Si bien siente curiosidad por las disparidades en los resultados de COVID-19 en el área de Detroit, también desea examinar cómo los problemas de salud mental afectan la susceptibilidad a COVID-19, “especialmente en la comunidad afroamericana, porque en nuestra comunidad  no se habla realmente de la salud mental”, dijo.

Tener la oportunidad de explorar sus propias preguntas de investigación es inusual para los estudiantes universitarios, y particularmente significativo para los estudiantes de color. “Se siente como si la ciencia fuera algo que se nos ha hecho a nosotros o sobre nosotros”, comentó Ceberio, que es negra y latina, y creció en Los Ángeles, Miami y Las Vegas antes de mudarse al Área de la Bahía. “Esta experiencia les permite hacer investigaciones que les parecen relevantes en base a la manera en que ven el mundo. Estoy tratando de que confíen en sus instintos”.

Los miembros de los grupos poco representados es más probable que permanezcan en la biomedicina si sienten que están devolviéndole algo a sus comunidades o haciendo algo con un propósito tangible, indicó Gammie. Este verano, los jóvenes “tienen la oportunidad de participar en la ciencia que hace ambas cosas”, dijo. “Nuestra esperanza es que esto inspire a los estudiantes a ser científicos independientes”.

Â鶹ŮÓÅ Health News is a national newsroom that produces in-depth journalism about health issues and is one of the core operating programs at Â鶹ŮÓÅ—an independent source of health policy research, polling, and journalism. Learn more about .

USE OUR CONTENT

This story can be republished for free (details).

]]>
1158290
Turning Anger Into Action: Minority Students Analyze COVID Data on Racial Disparities /news/turning-anger-into-action-minority-students-analyze-covid-data-on-racial-disparities/ Thu, 13 Aug 2020 09:00:21 +0000 https://khn.org/?p=1152505&preview=true&preview_id=1152505 As the coronavirus swept into Detroit this spring, Wayne State University junior Skye Taylor noticed something striking. On social media, many of her fellow Black classmates who live or grew up in the city were “posting about death, like, ‘Oh, I lost this family member to COVID-19,’” said Taylor.

The picture was different in Beverly Hills, a mostly white suburb 20 miles away. “People I went to high school with aren’t posting anything like that,” Taylor said. “They’re doing well, their family is doing OK. And even the ones whose family members have caught it, they’re still alive.”

How do COVID-19 infection rates and outcomes differ between these ZIP codes? she wondered. How do their hospitals and other resources compare? This summer, as part of an developed by San Francisco researchers and funded by the National Institutes of Health, Taylor will look at that question and other effects of the pandemic. She’s one of 70 participants from backgrounds underrepresented in science who are learning basic coding and data analysis methods to explore disparity issues.

Data to address racial discrepancies in care and outcomes has been spotty during the pandemic, and it isn’t available for most of these students’ communities, which . The participants are “asking questions from a perspective that we desperately need, because their voices aren’t really there in the scientific community,” said , who directs the division of training, workforce development and diversity at the National Institute of General Medical Sciences.

Scientists from Black, Hispanic, Native American and other minority backgrounds have long been underrepresented in biomedicine. By some measures, efforts to diversify the field have made progress: The number of these minorities who earned life science doctoral degrees. But this increase in Ph.D.s has not moved the needle at the faculty level.

Instead, the number of minority assistant professors in these fields has dipped in recent years, from 347 in 2005 to 341 in 2013. And some of those who have entered public health in the workplace — or, after years in a toxic environment, quietly leave.

“We really need to focus on making sure people are supported and find academic and research jobs sufficiently desirable that they choose to stay,” said Gammie. “There have been improvements, but we still have a long way to go.”

In 2014, the NIH launched the initiative. It offers grants to 10 undergraduate campuses that partner with scores of other institutions researching how to get poor and minority students to pursue biomedical careers.

Students in the program receive stipends and typically spend summers working in research labs. But when COVID-19 hit, many labs and their experiments shut down. “People were like, what do we do? How do we do that remotely?” said biologist , who heads the initiative’s team at San Francisco State University.

She and University of California-San Francisco epidemiologist sketched out a plan for students to work remotely with bioinformatics, population health and epidemiology researchers to collect and analyze COVID-19 data for marginalized populations.

Gammie encouraged the Bay Area team to expand the summer opportunity to participants across the nation. From June 22 to Aug. 13, students spend two to three hours online four days a week in small groups led by master’s-level mentors. They learn basic bioinformatics — computational methods for analyzing biological and population health data — and R, a common statistical programming language, to collect and analyze data from public data sets. “I think of basic bioinformatics and R coding as an empowerment tool,” said Mehta. “They’re going to become change agents in their communities, fighting back with data.”

Bench science often takes years, whereas data crunching to solve problems offers a sense of immediacy, said Niquo Ceberio, who recently earned a master’s in biology at SFSU and leads the team of mentors. “There was this sort of limitlessness about it that really appealed to me,” she said.

Raymundo Aragonez, a University of Texas-El Paso biology major participating in the summer program, sees data analysis as a way to address confusion in the Hispanic community — including some of his family members who think the pandemic “is all a hoax.” Dismayed by misleading YouTube videos and rampant misinformation shared on social media, Aragonez, who aims to be the first in his family to finish college, said he hopes to gain skills to “understand the data and how infections are actually happening, so I can explain it to my family.”

He hopes to explore whether COVID-19 infection rates differ among people living in El Paso, those living in the Mexican city of Juárez, and those who frequently cross the

border between the cities — like many of his friends and classmates.

Willow Weibel, an SFSU psychology major, is studying how COVID-19 restrictions affect the mental health of former foster youth and other young adults with traumatic backgrounds. Weibel spent much of her childhood in foster care before getting adopted into a Southern California family at age 17. “I’ve grown to really care about what other people go through in the system,” she said.

Mental health is a common thread in the research questions proposed by several students in Weibel’s group, including Skye Taylor, who is majoring in psychology with a minor in public health. While curious about disparities in Detroit-area COVID-19 outcomes, she also wants to examine how mental health issues affect COVID-19 susceptibility — “especially in the Black community, because mental health isn’t really talked about,” she said.

Having the chance to explore their own research questions is unusual for undergraduates, and particularly meaningful to students of color. “It feels like science is something that’s been done to us or on us,” said Ceberio, who is Black and Latina, and grew up in Los Angeles, Miami and Las Vegas before moving to the Bay Area. “This experience allows them to do research that they feel is relevant based on the way they’re viewing the world. I’m trying to get them to trust their instincts.”

Trainees from underrepresented groups will more likely stay in biomedicine if they feel they are giving back to their communities or doing something with a tangible purpose, said Gammie. This summer, participants “have an opportunity to engage in science that does both,” she said. “Our hope is that this will inspire students to go on to be independent scientists.”

Â鶹ŮÓÅ Health News is a national newsroom that produces in-depth journalism about health issues and is one of the core operating programs at Â鶹ŮÓÅ—an independent source of health policy research, polling, and journalism. Learn more about .

USE OUR CONTENT

This story can be republished for free (details).

]]>
1152505