La botella de cerveza que se rompi贸 sobre la cabeza de Christian Pean desat贸 hilos de sangre que cayeron por su rostro y se filtraron en la tierra en la que Harold y Paloma Pean estaban criando a sus tres hijos.
En ese momento, Christian era un estudiante seguro de s铆 mismo, jugador de f煤tbol americano en una secundaria de los suburbios de McAllen, Texas, una ciudad fronteriza en el extremo sur del estado donde los adolescentes varones 鈥攈ispanos, negros y blancos no hispanos鈥 cantaban juntos canciones de rap a los gritos, introduciendo la palabra 鈥淣鈥︹ casi sin darse cuenta. “Si la sigues diciendo, vamos a pelear”, le advirti贸 Christian a un joven blanco que estaba cantando el ep铆teto racial en una fiesta, una noche en los 煤ltimos a帽os de la presidencia de George W. Bush. Y pelearon.
En esa noche de oto帽o de 2005, Christian empuj贸 y golpe贸, su ego juvenil se activ贸 al sentir la sangre caliente en su rostro. Un amigo acompa帽贸 a Christian a un auto y condujo a trav茅s de la comunidad de Mission, pasando por campos de golf bien cuidados, techos a dos aguas y piscinas, hasta la casa del doctor Harold y Paloma Pean, quienes recibieron a su hijo con cuidado y compasi贸n.
En ese momento, incluso mientras suturaba la piel cortada de la frente de su hijo, el doctor Pean, un exiliado haitiano y m茅dico de medicina interna, cre铆a en el 茅xito que su familia pod铆a tener en los Estados Unidos, a pesar del legado racista de su pa铆s adoptivo.
Alan, el hermano menor de Christian, tambi茅n popular jugador de d茅cimo grado que evitaba la m煤sica rap y se vest铆a con ropa elegante, tuvo el impuls贸 de buscar al muchacho para enfrentarlo.
鈥淭odos se callan y se sientan鈥, orden贸 Paloma. En su mente, donde los pensamientos se agitaban en su espa帽ol nativo, Paloma record贸 el consejo de su hermano cuando eran ni帽os y crec铆an en M茅xico: No temas nada. Eres una chica valiente. Nunca tengas miedo. Ella aconsej贸 moderaci贸n, incluso empat铆a. 鈥淐hristian, tenemos que perdonar. No sabemos c贸mo es la vida de este joven que reaccion贸 as铆”. Este es un pa铆s que reconoce la sabidur铆a, pens贸 Paloma.
La tentativa tregua de la familia Pean con las fuerzas m谩s oscuras de Estados Unidos no durar铆a mucho. En agosto de 2015, cuando Alan ten铆a 26 a帽os y estaba siendo atendido en un hospital de Houston donde hab铆a buscado tratamiento por una crisis de delirio bipolar, dos agentes de polic铆a fuera de servicio que trabajaban como guardias de seguridad le dispararon en el pecho en su habitaci贸n y lo esposaron mientras sangraba en el suelo. Alan sobrevivi贸, solo para recibir cargos criminales de la polic铆a de Houston.
El disparo en el pecho de Alan extinguir铆a la creencia de la familia Pean de que los grandes triunfadores diligentes podr铆an burlar el racismo que ensombrece el sue帽o americano. La igualdad no ser铆a una opci贸n dejada en manos de un tr铆o de j贸venes ambiciosos.
Casi seis a帽os despu茅s, los Pean siguen obsesionados por la terrible experiencia, cada uno de ellos lidiando con lo que significa ser negro en los Estados Unidos y su papel en la transformaci贸n de la medicina estadounidense. Christian y Dominique, el hermano menor, ambos aspirantes a m茅dicos, como su padre, han unido fuerzas con legiones de familias que trabajan para exponer y erradicar la brutalidad policial, incluso mientras navegan por territorios m谩s delicados cultivando carreras en establecimientos m茅dicos mayoritariamente blancos.
Alan ha visto descarrilar sus estudios. Sigue envuelto en una demanda con el hospital y se pregunta sobre su responsabilidad con la fraternidad de hombres negros que no sobrevivieron a sus propios encuentros racistas con la polic铆a.
Y Paloma y Harold, arrancados de sus ra铆ces mexicanas y haitianas, buscan animar y tranquilizar a sus hijos, impulsarlos hacia el futuro que se han ganado, incluso mientras se preguntan si la Am茅rica que una vez veneraron no existe.
“La gente no quiere admitir que tenemos racismo”, me dijo Paloma. “Pero Pean y yo conocemos el dolor”.
Harold Pean no recuerda haber sido criado blanco o negro. Su Hait铆 natal estaba fracturado por cismas m谩s all谩 del color de la piel.

Harold ten铆a 13 a帽os cuando 茅l, su hermana y cinco hermanos se despertaron una ma帽ana de mayo de 1968 y descubrieron que su padre, un juez prominente, hab铆a huido de Puerto Pr铆ncipe en uno de los 煤ltimos aviones que abandonaron la isla ante otra revuelta anti-Duvalier, revuelta que lanz贸 a la rep煤blica a una temporada de ejecuciones.
Su padre hab铆a recibido documentos del presidente Fran莽ois Duvalier exigiendo que firmara las enmiendas a la Constituci贸n de Hait铆 para permitir que Duvalier se convirtiera en mandatario vitalicio. El padre de Harold se neg贸. Los soldados llegaron a la casa de Pean d铆as despu茅s de que su padre escapara.
La Rep煤blica de Hait铆 estuvo marcada por la crueldad caprichosa de Duvalier durante la juventud de Harold, pero como hijo de un juez y sobrino nieto de un m茅dico, disfrut贸 de una vida privilegiada en la que se esperaba que los ni帽os Pean sobresalieran en la escuela y siguieran carreras: ingenier铆a, medicina, ciencia o pol铆tica.
En la escuela, los ni帽os aprendieron de los valientes actos heroicos de sus antepasados, los esclavos africanos que se rebelaron contra los colonialistas franceses y establecieron una rep煤blica libre, y vieron a hombres y mujeres negros dirigiendo puestos de frutas, bancos, escuelas y el gobierno. “No experiment茅 el racismo cuando era ni帽o”, recuerda Harold. 鈥淐uando te encuentras con el racismo de ni帽o, eso te hace dudar de ti mismo. Pero nunca dud茅 de m铆 mismo”.
Dos a帽os despu茅s de que el padre de Harold huyera de Hait铆, su madre se reuni贸 con su esposo en Nueva York, dejando a los ni帽os Pean al cuidado de otros familiares. En 1975, Harold y sus hermanos abandonaron Hait铆 y emigraron a la ciudad de Nueva York. Nueva York era fr铆a y sus calles muchos m谩s anchas que las de Puerto Pr铆ncipe. Su padre hab铆a encontrado trabajo como ascensorista en el Rockefeller Center.
En ese momento, el hermano mayor de Harold, Leslie, asist铆a a la escuela de medicina en Veracruz, M茅xico, donde la matr铆cula era m谩s barata que en los Estados Unidos, y su padre inst贸 a Harold a unirse a 茅l. Su idioma era el franc茅s y no sab铆a espa帽ol, as铆 que Harold aprendi贸 anatom铆a, patolog铆a y bioqu铆mica en una lengua extranjera. Pero ya hablaba espa帽ol con fluidez cuando conoci贸 a Mar铆a de Lourdes Ramos Gonz谩lez, a la que llamaban Paloma, el d铆a de San Valent铆n de 1979 en una fiesta en Veracruz. Harold recuerda el momento v铆vidamente: una joven vivaz saliendo de un auto y gritando 鈥溌u茅 hacen todos sentados!鈥 (porque no estaban bailando).
鈥淓staban tan callados鈥, recuerda Paloma. Se帽al贸 al hombre con el que eventualmente se casar铆a y le dijo: 鈥溌煤! 隆Baila conmigo!”.
Al crecer como la 煤nica ni帽a en el modesto rancho de sus padres en Tampico, una ciudad portuaria en el Golfo de M茅xico, se esperaba que Paloma se quedara en su casa cosiendo, limpiando y leyendo mientras sus tres hermanos entraban y sal铆an libremente. Se sent铆a amada y protegida, pero furiosa por su vida circunscrita, suplicando un auto para su fiesta de quincea帽era y presionando a su padre, que era jefe de una planta petrolera, para que le permitiera convertirse en abogada.
Su padre pens贸 que, en cambio, deber铆a convertirse en secretaria, maestra o enfermera. 鈥淟e dije, ‘驴Por qu茅 me est谩s diciendo eso?’ 脡l dijo, ‘Porque te vas a casar, vas a terminar en tu casa. Pero quiero que tengas una carrera en caso de que no tengas un buen marido’鈥. Paloma entendi贸 que ese buen marido pod铆a mexicano o blanco. Recuerda que su padre dijo: “No quiero personas negras o chinas en mi familia”.
Despu茅s de obtener un t铆tulo para ense帽ar en escuela primaria, Paloma se mud贸 a Veracruz. Cuando ten铆a 21 a帽os, su padre la instal贸 en una pensi贸n para mujeres. Vigilada por una matrona indiscreta, el noviazgo de Paloma y Harold se desarroll贸 bajo el disfraz de Harold ense帽谩ndole ingl茅s a Paloma. La pareja sali贸 durante varios a帽os antes de que Paloma le dijera a su padre que quer铆a casarse con el joven y apuesto estudiante de medicina. Harold hab铆a regresado a Nueva York y Paloma estaba ansiosa por reunirse con 茅l.
Su padre se mostr贸 esc茅ptico. Hab铆a pasado unos meses en Chicago y hab铆a sido testigo de los disturbios raciales. 鈥淢e dijo: ‘Hija m铆a, no tengo ninguna objeci贸n. Es un buen hombre, pero tengo miedo por ti. Tengo miedo por mis nietos porque, d茅jame decirte, tus hijos van a ser negros. Y no s茅 si est谩s lista para criar ni帽os negros en los Estados Unidos”, recuerda Paloma. “En ese momento no entend铆 a qu茅 se refer铆a”.
A principios de la d茅cada de 1980, cuando Harold y Paloma comenzaron su vida juntos, las noticias de Estados Unidos hablaban de las divisiones raciales. El pa铆s estaba bajo campa帽a presidencial, en la que el actor y ex gobernador de California Ronald Reagan cortejaba a los votantes segregacionistas del sur en un recinto ferial de Mississippi, a pocas millas de donde los trabajadores de derechos civiles hab铆an sido asesinados en 1964.
En Miami, los residentes negros protestaban despu茅s que un jurado compuesto exclusivamente por hombres blancos absolviera a cuatro polic铆as blancos que hab铆an matado a golpes a Arthur McDuffie, un motociclista negro desarmado. Lo golpearon “como a un perro”, dijo la madre de McDuffie, Eula McDuffie, a los periodistas. Durante tres d铆as de violentas protestas callejeras, 18 personas murieron, cientos resultaron heridas, hubo edificios incendiados y el presidente Jimmy Carter llam贸 a la Guardia Nacional.
La pareja viv铆a en Queens, donde naci贸 Christian en 1987, y Harold encontr贸 trabajo mientras estudiaba medicina. Inspeccionaba guarder铆as en busca de violaciones sanitarias. Mientras viajaba por las calles de la ciudad, nunca se sinti贸 amenazado por el color de su piel. “La gente dec铆a que hab铆a racismo, pero yo no lo vi”. En las pocas ocasiones en que not贸 que un oficial de polic铆a o el personal de seguridad de la tienda lo segu铆a, lo olvid贸, tratando de no seguir la l贸gica de lo que hab铆a sucedido. 鈥淣unca hablamos de eso en la casa鈥, dijo. “Nos est谩bamos concentrando en lograr cualquier objetivo que tuvi茅ramos”.
Con un prop贸sito com煤n, Harold y Paloma iban a donde el joven m茅dico pudiera encontrar trabajo. Caguas, Puerto Rico, donde naci贸 Alan en 1989; de regreso a Nueva York para la residencia de Harold en medicina interna en el Brooklyn Hospital Center; luego Fort Pierce, Florida, donde naci贸 Dominique en 1991; y finalmente a McAllen, Texas.
El hermano de Harold, Leslie, hab铆a establecido su pr谩ctica en Harlingen, a 20 millas al norte de la frontera mexicana. Harold se sinti贸 reconfortado por tener familiares cerca y Paloma quer铆a porder ir m谩s f谩cilmente a ver a su familia en M茅xico. A煤n as铆, el primer hospital que reclut贸 a Harold ofreci贸 un contrato poco caritativo; tuvo que cubrir la mitad de los costos de funcionamiento de la pr谩ctica m茅dica mientras atend铆a solo a unos pocos pacientes.
Harold recuerda pocos, si alguno, m茅dicos negros en el 谩rea. Paloma estaba m谩s segura de la escasez de diversidad en las filas m茅dicas: 鈥淓st谩bamos entre los 煤nicos negros en el Valle [del R铆o Grande] y el 煤nico m茅dico [de atenci贸n primaria]鈥.
A tres meses de iniciar el contrato, Paloma, que administraba las finanzas del consultorio, pudo ver que estaban perdiendo dinero. Presion贸 a su marido para que renegociara. Cuando 茅l se neg贸, ella misma fue al hospital. 鈥淎mo el Valle鈥, le dijo al administrador, su optimismo intachable. 鈥淧ero vine aqu铆 para trabajar. Mi marido es un muy buen m茅dico y no le est谩 pagando lo que se merece. Si no le paga, nos vamos a mudar “. At贸nita, la administradora, que era blanca, accedi贸 a sus demandas y Paloma regres贸 triunfante.
La pareja trabajaba asiduamente en la pr谩ctica m茅dica, encontrando aliados en el hospital que aplaud铆an su diligencia y, seg煤n el relato de Harold, apoyaron su 茅xito. Pero la raza nunca estuvo lejos de la superficie. Cuando un asistente m茅dico en la oficina le dijo a Paloma que otro m茅dico le hab铆a preguntado repetidamente si todav铆a estaba trabajando con 鈥渆l m茅dico negro鈥, Paloma se enfureci贸. En la fiesta de Navidad del centro m茅dico de ese a帽o, Paloma se acerc贸 al m茅dico. “驴Es usted fulano de tal, el m茅dico? ”, Le dije. “Bueno, soy Paloma Pean, y estoy aqu铆 solo para hacerle saber el nombre de mi esposo. Mi esposo es Harold Pean. P-E-A-N. Su apellido no es Black ‘. Y le dije:’ Gracias, y encantado de conocerte ‘. Abri贸 mucho los ojos y me fui”.
En casa, Paloma insist铆a en una educaci贸n cat贸lica y, despu茅s de la cena la familia rezaba en tres idiomas (Paloma en espa帽ol, Harold en franc茅s, los ni帽os en ingl茅s). Harold impuls贸 a sus tres hijos como lo hab铆an hecho con 茅l sus propios padres. 鈥淓speraba que fueran m茅dicos o profesionales, como mis padres esperaban que fu茅ramos profesionales鈥.
Ese fue el per铆odo en el que los tres hijos, Christian, Alan y Dominique, intentaron adaptar su 鈥渘egritud鈥 en un lugar que era casi en su totalidad hispano y blanco. Acostumbrada a estar rodeada de latinos en Florida y luego en McAllen, Paloma record贸 las advertencias de su padre. Cuando los ni帽os empezaron la guarder铆a, eran los 煤nicos beb茅s negros. “Ah铆 fue cuando pens茅, tengo que empezar a hacer que se sientan muy orgullosos de lo que son”.
Las preguntas sobre el color de la piel llegaron temprano para Dominique, el hermano menor. Sus compa帽eros de jard铆n de infantes ve铆an a Paloma, latina, dejar a su hijo en la escuela por las ma帽anas, y un primo, que era chino, lo recog铆a despu茅s de la 煤ltima campana. (El hermano de Paloma se hab铆a casado con una mujer china). 鈥淢e preguntaban si era adoptado鈥, recuerda claramente Dominique. Le dijo a su madre: “No me parezco a ti”. 驴Pod铆a recogerlo su padre para mostrarles a los ni帽os, de una vez por todas, que no era adoptado? Fue una victoria contundente. 鈥淟os ni帽os dejaron de mencionarlo. “隆Est谩 bien, eres negro!”.

A dos meses del tiroteo, Christian Pean (segundo desde la izq.) convoc贸 a su familia a Nueva York a una marcha de #RiseUpOctober contra la brutalidad policial, incluso estando preocupado por que afectara su carrera m茅dica.(Kim Truong)
Los muchachos tomaron diferentes direcciones, empleando deportes, moda y cultura para indicar sus preferencias a los perplejos ni帽os de McAllen. 鈥淩ealmente me identifiqu茅 con mi lado hispano, pero cuando la gente me ve, ven a un ni帽o negro鈥, recuerda Dominique. Se aventur贸 a lucir 鈥渕谩s negro鈥, trenz谩ndose el cabello y vistiendo FUBU, una l铆nea de ropa 铆cono del orgullo callejero de los negros. Mientras tanto, Alan se forj贸 un look universitario. Escuchaba “m煤sica cursi para chicos blancos” (palabras de Christian) y comparaba ropa en Abercrombie & Fitch.
Corri贸 por cuenta de ellos entender los comentarios despreocupados en la escuela y en el campo de f煤tbol americano. Eres negro, se supone que debes saltar m谩s lejos. 驴Los ni帽os negros tienen m煤sculos adicionales en las piernas? Suenas inteligente para ser un ni帽o negro. Suenas blanco. 驴Alguien sabe si los hermanos Pean tienen penes grandes?
“Hab铆a una ignorancia abierta en ese entonces”, recuerda Christian. Los muchachos absorbieron y repelieron los comentarios, protestando vigorosamente solo cuando la palabra 鈥淣鈥︹ explotaba frente a ellos. Uno de los amigos de Alan en el equipo de f煤tbol le pregunt贸: “驴Qu茅 pasa, d … igger?” reemplazando la N y sonriendo con complicidad. Alan respondi贸: “驴Por qu茅 haces eso?”.
Al doctor Pean nunca se le ocurri贸 tener esa 鈥渃harla鈥 con sus hijos adolescentes, la temida conversaci贸n que los padres negros inician para preparar a sus hijos para los encuentros con la polic铆a. El d铆a que Christian lleg贸 a la casa con la sangre corriendo por su frente, Harold se opuso a presentar cargos. 鈥淓l jefe de polic铆a era mi amigo y ten铆a muchos pacientes polic铆as鈥, dijo Harold. “Me encontrar铆a con personas blancas, negras o hispanas, y nunca pens茅 que me ver铆an de manera diferente”.
Donde Harold guardaba silencio, Paloma era expl铆cita. La historia de los afroamericanos la asombr贸. Dominique recuerda a su madre diciendo: 鈥淪er negro es hermoso. Vinieron a los Estados Unidos como esclavos y ahora son m茅dicos. Esa sangre corre dentro de ti y eres fuerte”.
De todos los hijos, el mayor, Christian, parec铆a el m谩s curioso acerca de qu茅 ten铆a que ver exactamente su herencia y el color de su piel con su identidad. 驴Por qu茅 no se hab铆a casado su madre con un mexicano? 驴Por qu茅 otros ni帽os quer铆an saber si su piel oscura se hab铆a borrado? 驴Podr铆an tocar su cabello? A los 6 a帽os, Christian le dijo a su madre que una ni帽a hispana en la escuela lo hab铆a llamado la palabra 鈥淣鈥︹ y a ella “mojada” mientras estaba sentado en la cafeter铆a tomando un Capri Sun.
El l茅xico racista de la juventud estadounidense desconcert贸 a Paloma. Le pregunt贸 a Christian: “驴Qu茅 significa eso?”. 鈥淓sa palabra es mala鈥, respondi贸.
Las dudas de Christian sobre la fe de su padre en la meritocracia estadounidense surgieron temprano. Despu茅s de soportar insultos racistas y otros comentarios ofensivos en la escuela, le dijo a Harold que sent铆a que lo trataban de manera diferente “porque soy negro”.
鈥淣o, jefe鈥, respondi贸 su padre, 鈥渆l trabajo duro es recompensado. A seguir adelante con tu carrera”.
Como ni帽os de raza mixta, los hermanos Pean arrastraron las preguntas sobre 鈥渟u parte negra鈥 hasta la edad adulta. En la Universidad de Georgetown, Christian encontr贸 por primera vez una gran cantidad de estudiantes negros (afroamericanos e inmigrantes de Nigeria, Ghana y el Caribe) y comenzaron a surgir l铆neas divisorias desconocidas.
鈥淐uando estaba en la escuela secundaria, nunca hubo inmigrantes negros vs. estadounidenses negros鈥, dijo Christian. Pero en la universidad y luego en la escuela de medicina en Mount Sinai, en East Harlem, Christian respondi贸 preguntas de otros estudiantes negros sobre si las becas para personas de color deber铆an reservarse para afroamericanos descendientes de esclavos, no para hijos de inmigrantes negros como 茅l.
En la Universidad Cat贸lica de Am茅rica en Washington, D.C., Dominique se enfrentaba a preguntas similares. Cuando se uni贸 a la junta de la Organizaci贸n Estudiantil de Latinos, le preguntaron: “驴Eres lo suficientemente latino?”.
鈥淐uando estoy en la calle, la gente ve a un hombre negro. Pero cuando estoy con mis amigos negros, dicen, Dom, t煤 no eres realmente negro”, dijo. Las preguntas los siguieron en sus vidas personales: mujeres afroamericanas que reprend铆an a Christian y Dominique por salir con mujeres que no eran negras.
Si las ra铆ces haitianas y mexicanas de los hermanos Pean pusieron en duda su membres铆a leg铆tima entre los afroamericanos, la polic铆a no percibi贸 ninguna diferencia.
Despu茅s de graduarse de la escuela secundaria en los suburbios de McAllen, Alan se matricul贸 en la Universidad de Texas-Austin, un campus extenso lleno casi en su totalidad de estudiantes blancos, hispanos y asi谩ticos. Alan, relajado y afable, hizo amigos f谩cilmente. Entonces lo sorprendi贸 cuando un oficial de seguridad lo sigui贸 en una tienda en el centro comercial mientras compraba jeans. 鈥淓se fue el momento en el que pens茅, ‘Oh, soy negro’, cont贸.
En agosto de 2015, Alan Pean comenz贸 el semestre de oto帽o en la Universidad de Houston, donde se hab铆a transferido para terminar su licenciatura en ciencias biol贸gicas. En cuesti贸n de d铆as, comenz贸 a sentirse agitado y su mente se desbarranc贸 hacia una ilusi贸n cinematogr谩fica en la que cre铆a que era un doble de acci贸n del presidente Barack Obama. En otras ocasiones lo persegu铆an asesinos armados.

Alarmado por las publicaciones irracionales de Alan en Facebook e incapaz de comunicarse con 茅l por tel茅fono, Christian llam贸 a sus padres, que estaban sentados en un cine de McAllen a oscuras. Los urgi贸 a ir a Houston. Esto no fue un simulacro. En 2009, Alan hab铆a pasado una semana en un hospital por lo que los m茅dicos cre铆an que era un trastorno bipolar.
En los momentos l煤cidos entre los delirios que atravesaban su psique, Alan sab铆a que necesitaba ayuda m茅dica. Hacia la medianoche del 26 de agosto de 2015, condujo hasta el Centro M茅dico St. Joseph en Houston, desvi谩ndose err谩ticamente y chocando su Lexus blanco contra otros autos en el estacionamiento del hospital. Mientras lo llevaban a la sala de emergencias en una camilla, Alan grit贸: 鈥溌oy man铆aco! 隆Soy man铆aco! “
A la ma帽ana siguiente, Paloma y Harold volaron a Houston y llegaron al Centro M茅dico St. Joseph esperando encontrar enfermeras comprensivas y m茅dicos deseosos de ayudar a su hijo en problemas. Tanto Harold como Christian hab铆an llamado al departamento de emergencias para alertarlos sobre el historial de salud mental de Alan. En lugar de encontrar a su hijo siendo atendido como un hombre en medio de una crisis de salud mental, Harold y Paloma descubrieron que los m茅dicos no hab铆an ordenado una evaluaci贸n psiqui谩trica ni recetado medicamentos psiqui谩tricos.
Sin poder ver a su hijo y molestos por la negativa del hospital a brindar atenci贸n psiqui谩trica, Harold y Paloma fueron a su hotel para intentar alquilar un autom贸vil para poder llevar a Alan a otro lugar para recibir tratamiento. Estuvieron fuera por media hora.
En su habitaci贸n del hospital, Alan se puso m谩s nervioso. Cre铆a que los tanques de ox铆geno al lado de su cama controlaban una nave espacial y que necesitaba con urgencia desactivar un dispositivo nuclear usando los botones de su cama. Se quit贸 la bata de hospital y camin贸 desnudo por el pasillo. Una enfermera lanz贸 un “c贸digo de crisis” y dos agentes de polic铆a de Houston fuera de servicio, uno blanco y otro latino, entraron en la habitaci贸n de Alan. No iban acompa帽ados de enfermeras o m茅dicos, y cerraron la puerta detr谩s de ellos.
Los agentes dir铆an m谩s tarde que Alan golpe贸 a uno de ellos y le provoc贸 una laceraci贸n. El primer oficial dispar贸 una pistola paralizante. Cuando el electroshock no logr贸 contener a Alan, seg煤n las declaraciones de los oficiales, el segundo oficial dijo que tem铆a por su seguridad y dispar贸 una bala en el pecho de Alan, sin que llegar谩 al coraz贸n.
Paloma y Harold regresaron al hospital, alejados de sus organizadas vidas y lanzadas sin red a un mundo en el que la buena voluntad y la compasi贸n se hab铆an desvanecido. Alan estaba en cuidados intensivos con una herida de bala y los oficiales de polic铆a estaban haciendo preguntas sobre sus antecedentes penales. (No ten铆a ninguno). Les dijeron que Alan iba a ser detenido por atacar a dos oficiales, y que ahora era un asunto criminal.
Christian vol贸 desde Nueva York, Dominique desde Fort Worth y el t铆o Leslie desde McAllen. Las conversaciones no concluyentes con un administrador del hospital agotaban la paciencia. “Fue entonces cuando me dijeron que ten铆amos que tener un abogado para verlo”, dijo Leslie, temblando incluso cuando lo relataba casi seis a帽os despu茅s.
Paloma estaba desconcertada de que sus pedidos de justicia no hubieran recibido respuesta. 鈥淓speraba que me permitieran ver a mi hijo de inmediato. Le dije: ‘Mi hijo es un buen chico. 隆D茅jame ir a ver a mi hijo, por favor! 隆Por favor! “. Se sinti贸 como un fantasma, vagando por el hospital. De repente, la complexi贸n y el acento de todos los que la rodeaban importaron: un oficial de polic铆a seguramente era blanco, pens贸, el otro hispano, 驴pero tal vez naci贸 en los Estados Unidos? Las enfermeras eran asi谩ticas, 驴quiz谩s filipinas?.
D铆as despu茅s, el hospital cedi贸 y las enfermeras la llevaron hasta una ventana de vidrio. Alan yac铆a sedado, con un tubo en la garganta, esposado a la cama del hospital. El pecho de Paloma se estrujo y se sinti贸 d茅bil. 鈥淢e pellizqu茅 y dije: ‘Esto no puede ser cierto’. Le grit茅 a mi Se帽or: ‘Por favor, sost茅nme en tus manos’鈥.
鈥淔ue entonces cuando realmente entend铆 de lo que estaba hablando mi padre鈥, me dijo Paloma. As铆, pens贸, es como Estados Unidos trata a los hombres negros.
Durante las siguientes semanas, se volvi贸 imposible desentra帽ar qu茅 le hab铆a sucedido exactamente a Alan. El sargento Steve Murdock, investigador de la polic铆a de Houston, le dijo a Christian que Alan hab铆a estado fuera de control, actuando como un “demonio de Tasmania”. Cuando el hospital finalmente permiti贸 que la familia Pean entrara a la habitaci贸n de Alan, Alan estaba atontado, con las mu帽ecas y las manos hinchadas. De pie junto a su cama, el t铆o Leslie le pidi贸 a Paloma, Harold, Dominique y Christian que se tomaran de la mano y oraran. Una semana despu茅s, Alan fue trasladado a una unidad psiqui谩trica y sus delirios comenzaron a desaparecer. Unos d铆as despu茅s, fue dado de alta del hospital.
Llov铆a a c谩ntaros el d铆a que la familia Pean se fue de Houston. Alan insisti贸 en conducir, siempre conduc铆a en viajes familiares, y sus padres y hermanos, desesperados por volver a la normalidad, estuvieron de acuerdo. Paloma rez贸 su rosario en el asiento trasero, acurrucada junto a Christian. Alan condujo durante 20 minutos hasta que alguien sugiri贸 que se detuvieran a comer. En ese momento, Alan se volvi贸 hacia su padre: 鈥溌縍ealmente acabo de salir de Houston con una herida de bala todav铆a en el pecho? Pap谩, probablemente no deber铆a estar conduciendo”. Dominique condujo las 煤ltimas cinco horas a casa.
De regreso en McAllen, los vecinos expresaron sus condolencias, estupefactos porque el “bien educado” hijo del medio de los Pean, el hijo de un “m茅dico respetado”, hab铆a recibido un disparo. As铆 como Harold a帽os antes hab铆a cosido el corte en la cabeza de Christian dejado por una pelea a pu帽etazos a causa de un ep铆teto racial, 茅l y Christian ahora se ocuparon del dolor punzante en las costillas de Alan y cambiaron los vendajes de su herida.
Que Alan sobreviviera a un disparo en el pecho significaba que se enfrentaba a una mara帽a legal ca贸tica. La polic铆a lo acus贸 de dos cargos de agresi贸n agravada a un oficial de polic铆a y, tres meses despu茅s del tiroteo, agreg贸 un tercer cargo por conducir de manera imprudente. Los cargos criminales conmocionaron a la familia.
鈥淓n ese momento, pens茅 que la polic铆a y el hospital se disculpar铆an o ir铆an a la c谩rcel鈥, dijo Dominique. “Si un m茅dico amputara la pierna equivocada, habr铆a cambios instant谩neos”. Un abogado de la familia prepar贸 una demanda contra el hospital y exigi贸 al gobierno federal que investigara la pr谩ctica del hospital de permitir que agentes de seguridad armados ingresaran a las habitaciones de los pacientes.
La semilla de la injusticia plantada en el pecho de Alan ech贸 ra铆ces en la familia Pean.
En octubre de 2015, dos meses despu茅s del tiroteo, Christian convoc贸 a la familia de Texas a la ciudad de Nueva York para marchar en una protesta de #RiseUpOctober contra la brutalidad policial. En un vigoroso d铆a de oto帽o, los cinco Pean se tomaron de la mano en Washington Square Park vistiendo camisetas hechas a medida que dec铆an: “Medicina, no balas”. Quentin Tarantino, el director de cine, hab铆a volado desde California para el evento, y el activista Cornel West se dirigi贸 a la motivada multitud. Las familias gritaron historias de seres queridos asesinados por la polic铆a.
Harold nunca hab铆a protestado antes y se qued贸 en silencio, asimilando las multitudes y los c谩nticos de los meg谩fonos. Paloma abraz贸 el esp铆ritu de la marcha, besando a sus hijos con la fuerza de un hurac谩n mientras la multitud se abr铆a paso por el Bajo Manhattan. Encontr贸 una causa com煤n con las madres cuyos hijos negros no hab铆an sobrevivido a sus encuentros con la polic铆a. 鈥淭uvimos mucha suerte de que mi hijo estuviera vivo鈥, dijo Paloma.

El abogado de los Pean le hab铆a aconsejado a Alan que no hablara en p煤blico, por temor a dificultar la demanda contra el hospital de Houston. Christian ten铆a sus propias reservas; estaba solicitando programas de residencia en ortopedia, un campo notablemente conservador en el que solo el 1,5% de los cirujanos son negros. “Todo es Googleable”, dijo. “No estaba seguro de lo que la gente pensar铆a sobre mi participaci贸n en Black Lives Matter o que hablara abiertamente”.
Cuando los manifestantes comenzaron a gritar “隆F鈥 la polic铆a!” Christian se movi贸 entre la multitud para cambiar su tono. Discuti贸 brevemente con una familia blanca cuya hija hab铆a recibido un disparo en la cabeza y hab铆a sido asesinada. No es as铆 como avanzamos, les dijo. Christian quiso convocar a la empat铆a y la unidad. En cambio, vio a su alrededor demasiado fervor. La protesta se volvi贸 rebelde; 11 personas fueron arrestadas.
Posteriormente, Alan expres贸 su conmoci贸n por la multitud, tan consumida por la ira. Christian se pregunt贸: 驴Cu谩ntos de nosotros hay?
Pasaron seis meses, ocho meses. Las expectativas de una justicia r谩pida dejaron a la familia Pean sin suspiros. El Departamento de Polic铆a de Houston se neg贸 a imponer cargos disciplinarios a los dos oficiales que le dispararon a Alan. Mark Bernard, entonces director ejecutivo del hospital St. Joseph, dijo a los investigadores federales que dadas las mismas circunstancias, los oficiales “no habr铆an hecho nada diferente”.
Un breve respiro lleg贸 en marzo de 2016, cuando un gran jurado del condado de Harris se neg贸 a acusar a Alan por cargos de agresi贸n criminal, y la oficina del fiscal de distrito retir贸 el cargo de conducci贸n imprudente. La demanda civil de la familia contra el hospital; su propietario corporativo, IASIS Healthcare Corp.; Criterion Health Security; la ciudad de Houston; y los polic铆as pasaron de un abogado a otro, vaciando la chequera familiar.
Los Pean, mientras tanto, registraban cada nueva muerte de un negro asesinado por la polic铆a como si a Alan le dispararan una vez m谩s. 鈥淓ra todo en lo que pod铆a pensar, ten铆a sue帽os al respecto鈥, dijo Dominique. “Me sent铆 impotente”. Los recuerdos almacenados resurgieron, provocando dudas sobre un rastro de pistas mal entendidas y advertencias de ne贸n. Dominique ten铆a una edad cercana a la de Trayvon Martin cuando el adolescente de Florida fue asesinado en 2012. Dominique recuerda haber pensado: 鈥淓s terrible, est谩 mal, pero nunca me suceder铆a a m铆. Tengo ropa bonita. Voy a obtener mi maestr铆a y convertirme en m茅dico”.
Incluso el t铆o Leslie, que cada a帽o donaba generosamente a la Orden Fraternal de la Polic铆a y hab铆a ignorado las numerosas veces que la polic铆a hab铆a detenido su autom贸vil, cedi贸 ante la abrumadora evidencia. 鈥淣unca me relacion茅 con los asesinatos policiales hasta que nos pas贸 a nosotros鈥, confes贸. “Ahora dudo que est茅n protegiendo a la sociedad en su conjunto”. Ha dejado de dar dinero a la asociaci贸n policial.
Para 2017, Christian, Alan y Dominique se hab铆an reunificado o en la ciudad de Nueva York. Durante un tiempo, compartieron un apartamento en East Harlem. Sus laboriosas vidas se reanudaron apresuradamente; hombres j贸venes en busca t铆tulos avanzados, carreras que forjar, amores por encontrar, tal como lo hab铆an hecho sus padres en esa fiesta en Veracruz.
Impulsado por sus propias experiencias, el corte en su frente un recordatorio de batallas anteriores, Christian presion贸 a la familia para que hablara. Nombrado vocero de la familia, ampli贸 los problemas que deber铆an solucionarse para garantizar la seguridad de los hombres negros en las calles y en los hospitales: perfiles raciales, desigualdades en la atenci贸n m茅dica, la escasez de estudiantes de medicina negros. Trabajando a un ritmo febril, super贸 aplastantes ex谩menes de la escuela de medicina y presion贸 a m谩s de 1,000 profesionales m茅dicos en todo el pa铆s para que firmaran una petici贸n en protesta por el tiroteo de Alan y el uso de guardias de seguridad armados en los hospitales.
“Mi perspectiva era que deb铆amos hacer p煤blico esto”, dijo Christian. “No tenemos nada que ocultar”.
Abraz贸 el activismo como parte de su carrera, incluso si eso significaba navegar por entrevistas de residencia ortop茅dica con cirujanos blancos que miraban su curr铆culum con escepticismo. 驴Estar铆a demasiado distra铆do para ser un buen cirujano? Pronunci贸 un discurso en su graduaci贸n de la escuela de medicina, escribi贸 un cap铆tulo de un libro de texto y habl贸 en la Cl铆nica Mayo sobre las inequidades en la atenci贸n m茅dica.
Los decanos de la facultad de medicina le pidieron a Christian que les ayudara a dar forma a su respuesta a la muerte de Breonna Taylor y George Floyd, y sus amigos buscaron su opini贸n. “Para muchas personas, soy su 煤nico amigo negro”, dijo. Christian ha contado la historia del tiroteo de Alan una y otra vez, en conferencias de m茅dicos y escuelas de medicina para arrojar luz sobre el racismo estructural.
Durante los meses que hablamos, Christian, ahora de 33 a帽os, hizo malabares con largas jornadas y noches como jefe de residentes de trauma ortop茅dico en el Hospital Jamaica en Queens con sus compromisos con Physicians for Criminal Justice Reform, Orthopaedic Relief Services International y paneles de diversidad acad茅mica. Es super-erudito, fr铆amente cerebral en la sala de operaciones y magn茅tico y ganador en su floreciente carrera como l铆der intelectual.
La familia de Christian imagina que alg煤n d铆a se postular谩 para un cargo, un congresista, tal vez. “Es carism谩tico, tiene buenas ideas”, dijo Dominique. “Tiene grandes planes”.
Dominique tambi茅n ha tratado de difundir el evangelio, impulsando la acci贸n donde ha podido. Dirigi贸 un evento en 2016 en la Universidad del Norte de Texas en Fort Worth utilizando la historia de Alan como un estudio de caso en la colisi贸n catastr贸fica del racismo, la salud mental y las armas en los hospitales.
Cuando se mud贸 a Nueva York para hacer la escuela de medicina, reuni茅ndose con sus hermanos, Dominique se pon铆a ansioso cuando ve铆a a oficiales en la calle. “Trataba de ser m谩s alegre u optimista, como silbar a Vivaldi”. Pero con cada muerte (Stephon Clark, Atatiana Jefferson, Breonna Taylor, Daniel Prude, George Floyd, Rayshard Brooks, Daunte Wright) ha llegado a ver estas ofertas como in煤tiles. “Despu茅s de Alan, no importa lo grande que sonr铆a”, decidi贸 Dominique.
Ahora de 29 a帽os y estudiante de tercer a帽o de medicina en el Touro College of Osteopathic Medicine en Harlem, dijo: 鈥淧uedes tener todos estos recursos y no significa nada por el color de tu piel, porque hay un sistema implementado que trabaja en tu contra. Han pasado tantos a帽os y no obtuvimos justicia”.
Dominique ha ideado una rutina para cada nuevo tiroteo: mira los videos de hombres y mujeres negros asesinados por la polic铆a o los vigilantes blancos y lee sobre sus casos. Luego los deja a un lado y vuelve a sus estudios y escuela, donde hay pocos otros m茅dicos negros en formaci贸n.
“Puedo escapar haciendo eso”, me dijo. “Todav铆a tengo que hacerlo bien por m铆 mismo”.
Para Alan, a medida que pasaban los a帽os, el tiempo adquir铆a una cualidad flexible. Se forj贸 un prop贸sito: una aparici贸n en un programa de entrevistas en 鈥淭he Dr. Oz Show鈥, presentaciones con sus hermanos en las facultades de medicina de Texas, Massachusetts y Connecticut, y luego se resign贸. Sobrevivir le hab铆a proporcionado una libertad inc贸moda: tem铆a desperdiciar la potencia emocional de su propia historia, pero segu铆a siendo aprensivo ante las demandas de los programas de televisi贸n diurnos, el tedio de repetir su historia frente a extra帽os, dudando de si la desgracia de su vida estaba impulsando el progreso social o solo se estaba explotando una tragedia privada.
En 2017, Alan se inscribi贸 en la City University of New York para estudiar gesti贸n de la atenci贸n m茅dica, profundizando en una tormenta de estad铆sticas sobre tiroteos policiales y pacientes en crisis, y al a帽o siguiente se transfiri贸 a un programa similar en Mount Sinai. Pero para el oto帽o pasado, Alan volvi贸 a su tormenta personal. Abandon贸 el programa de Mount Sinai y pasaba horas en su habitaci贸n, inquieto e inseguro.
“Todav铆a estoy trabajando para aceptar qui茅n soy, mi posici贸n en la familia”, dijo Alan, de 32 a帽os. “Christian es un cirujano ortop茅dico. Dominique est谩 en la escuela de medicina”. Despu茅s de a帽os de obtener varios t铆tulos (biolog铆a, gesti贸n de la atenci贸n m茅dica, asistente m茅dico, salud p煤blica), es posible que ese no sea quien es despu茅s de todo.
“Por dentro no quer铆a hacerlo”, dijo. “Se traduce como un fracaso”.
“Alan va y viene sobre si quiere escribir sobre ello o volver a su vida normal”, dijo Christian. “Lo veo todo el tiempo, todos los d铆as, decepcionado de s铆 mismo por no ser m谩s franco, sin sentir el libre albedr铆o para elegir qu茅 hacer con esto”.
驴No es suficiente con que sobreviviera?
Alan ve a un terapeuta y toma medicamentos para el trastorno bipolar. Practica yoga. Cuando respira profundamente, siente un hormigueo en el pecho, lo m谩s probable es que haya un da帽o en los nervios por donde atraves贸 la bala. Despu茅s de pensarlo mucho, se ha dedicado a escribir ciencia ficci贸n y publicarla en l铆nea. La escritura es f谩cil, en su mayor铆a historias de sus delirios contadas con exquisito detalle: personas, buenas y malas, con 茅l en un lugar “que parece el infierno”.
Fuera de su apartamento en Nueva York, hay pocos lugares donde pueda encontrar refugio. Incluso mientras el coronavirus vaciaba las calles, caminaba por la ciudad, sus ojos buscaban autos de polic铆a, uniformes de polic铆a, cada aventura a la tienda era un desaf铆o t谩ctico. Selecciona su ropa con cuidado. 鈥淣unca antes de 2015 me hab铆a percatado de los agentes de polic铆a. Ahora, si est谩n a una cuadra de distancia, los veo. As铆 de real es la amenaza. Tengo que pensar: “驴Qu茅 llevo puesto? 驴Tengo mi identificaci贸n? 驴En qu茅 direcci贸n voy?.
“Si yo fuera una persona blanca, 驴alguna vez pensar铆a en estas cosas?”
Los informes de nuevos tiroteos disparan su propio trauma, y 鈥嬧婣lan tiembla por la traici贸n. “驴Por qu茅 es tan dif铆cil registrar que no se debe disparar a una persona desarmada?”.
Covid present贸 un nuevo trauma para la familia Pean y subray贸 la divisi贸n racial de la naci贸n. En gran parte, los tres hermanos estuvieron confinados en su apartamento. Dominique asisti贸 a clases en l铆nea de la facultad de medicina, mientras que Christian se ofreci贸 como voluntario para trabajar en Bellevue, un hospital p煤blico que lucha por tratar a un torrente de pacientes de covid que mor铆an a un ritmo aterrador. Muchos pacientes solo hablaban espa帽ol y Christian se desempe帽贸 como m茅dico e int茅rprete.
Los pacientes que ven铆an a Bellevue eran casi todos negros o latinos y pobres, y Christian se enojaba cada d铆a m谩s al ver hospitales privados m谩s ricos, incluido NYU Langone a solo unas cuadras de distancia, llenos de recursos. Las enormes tasas de mortalidad entre los dos hospitales resultar铆an alarmantes: en NYU Langone, aproximadamente el 11% de los pacientes con covid muri贸; en Bellevue, fue cerca del 22%. “Este no era el tipo de muerte al que estaba acostumbrado”, dijo Christian.
En el pico de la epidemia en Nueva York, Christian llam贸 por video a su padre a su casa en Mission, Texas, y llor贸, agotado y abrumado. Harold y Paloma hab铆an cerrado en gran medida su cl铆nica despu茅s de que varios miembros del personal se infectaran, pero Harold continu贸 viendo casos urgentes. Al conocer los peligros para los trabajadores de la salud de primera l铆nea, Christian tem铆a por sus padres. “Me preocupaba que mi padre no se protegiera a s铆 mismo”, dijo. “Y que iba a perder a uno de mis padres y no iba a poder despedirme”.
Todo eso se estaba agitando dentro de Christian cuando el oficial de polic铆a de Minneapolis Derek Chauvin asesin贸 cruelmente a George Floyd en mayo de 2020, lo que provoc贸 protestas en todo el mundo. Los manifestantes de Black Lives Matter llenaron las calles de la ciudad de Nueva York, y Christian y Dominique se unieron a ellos. Alan no lo hizo; el cierre y las sirenas de las ambulancias lo hab铆an dejado ansioso e hipervigilante, y despu茅s de meses encerrado, tem铆a a los espacios abiertos.
“Voy a esperar a que esto pase”, le dijo a Christian.
En las calles, rodeado por la furia y los llamados al cambio, Christian luci贸 su bata blanca de m茅dico, un potente s铆mbolo de solidaridad. “Quer铆a mostrar que las personas que estaban en la primera l铆nea de la pandemia se dieron cuenta de que a qui茅n afectaba la pandemia era un reflejo del racismo que condujo a la muerte de George Floyd”. Cuando regresaron a casa, Christian le dijo a Alan que la composici贸n multi茅tnica de los manifestantes lo sorprendi贸. “Creo que tal vez las mentes de la gente est谩n cambiando”, dijo Christian. “Fue hermoso verlo”.
Casi un a帽o despu茅s, el 20 de abril de 2021, un jurado declar贸 a Chauvin culpable de asesinato y Christian sinti贸 un gran alivio. Pero en los d铆as que siguieron, estall贸 la cobertura de noticias sobre el fatal tiroteo policial de un ni帽o latino de 13 a帽os en Chicago y la muerte de una ni帽a negra de 16 a帽os en Columbus, Ohio, tambi茅n a manos de la polic铆a. La familia Pean estaba inusualmente callada. 鈥淪olo intercambiamos algunos textos sobre esto como familia鈥, dijo Christian. “Dijimos que tal vez las cosas est茅n cambiando, tal vez no”.
Los hijos de Pean se dispersar铆an pronto: Christian a la Universidad de Harvard para una beca de medicina de trauma; Dominique a rotaciones m茅dicas en Nassau University Medical Center; y Alan a McAllen, donde supervisar谩 las operaciones financieras del negocio de sus padres. Ser谩 la primera vez que Alan viva solo. 鈥淓l semestre que casi iba a vivir solo estaba en Houston y me dispararon. Necesito hacer esto por m铆 mismo para saber que puedo”.
El doctor Harold Pean est谩 atormentado por c贸 la violencia ha desmoronado la vida de su hijo: las amenazas a las vidas de los negros en las ciudades estadounidenses no escaparon tan f谩cilmente como un dictador haitiano.
Pero Harold, de 66 a帽os, es reacio a permitir que el tiroteo de Alan reescriba su evangelio estadounidense; el tiroteo fue una tragedia personal, no una transmutaci贸n de su identidad. Empuja los recuerdos de su mente cuando aparecen e invoca generosidad. 鈥淪ean cuales sean las cosas malas, las guardo dentro. Trato de mentalizarme para pensar positivamente todo el tiempo鈥, dijo. “Quiero ver a todos como humanos”.
Se ha convencido a s铆 mismo de que la violencia no impactar谩 m谩s sobre sus hijos o, alg煤n d铆a, sobre sus nietos. A煤n as铆, ya no puede reconciliar la tragedia del tiroteo de Alan con sus creencias cat贸licas. 鈥淪i Dios fuera poderoso, no habr铆an sucedido muchas cosas malas鈥, dijo.
“Es dif铆cil para 茅l reconocer que est谩 luchando”, dijo Christian sobre su padre. 鈥淓s una persona resistente. Nunca ha hablado de la carga adicional de ser un hombre negro en Estados Unidos “.
鈥淐reo que Paloma es la que mantiene entero a mi hermano鈥, dijo el t铆o Leslie.
Pero, 驴qui茅n mantiene fuerte a Paloma? Para sus hijos, su esposo, sus compa帽eros feligreses, Paloma, de 63 a帽os, rebosa prop贸sitos. Es una luchadora, una idealista. Pero por la noche, duerme con el tel茅fono al lado de su cama. Cuando suena, salta. 驴Est谩s bien? En sus sue帽os, a menudo est谩 en peligro. Muchas noches, se queda despierta y habla en voz alta con Dios. “驴Por qu茅? 驴Para qu茅? Dime, Se帽or”. (Ella le habla al Se帽or en espa帽ol. “隆En ingl茅s, creo que no me entender谩!”)
El activismo de Paloma es discretamente p煤blico: su presencia en la comunidad de m茅dicos en su mayor铆a blancos; su maternal alarde de que Christian y Dominique se convirtieron en m茅dicos y del regreso de Alan a McAllen; su insistencia en que el racismo es real en una parte del pa铆s donde abundan los carteles de 鈥淲hite Lives Matter鈥. “Estoy en una misi贸n”, dijo. “Quiero desarmar al odio”.
Pero en el fondo, ese sentido de prop贸sito vive al lado de una furia que no puede reprimir y una decepci贸n tan profunda que puede dificultar la respiraci贸n. Se pregunta si Dios la est谩 castigando por abandonar M茅xico y si el suelo estadounidense en el que eligi贸 cultivar su propia familia est谩 envenenado. 鈥淎 veces siento que quiero dejar todo鈥, me dijo. “Siento que no entiendo c贸mo la gente aqu铆 en los Estados Unidos puede ser tan ego铆sta”.
Son pensamientos oscuros que en gran parte no se dicen, secretos que mantienen incluso de su madre, de 90 a帽os, que ahora vive con ellos en McAllen. Han pasado seis a帽os desde que le dispararon a Alan, y Paloma a煤n no le ha contado a su madre lo que sucedi贸 en esa habitaci贸n del hospital de Houston. Ni lo har谩 nunca.
“El dolor que pas茅”, dijo Paloma, “no quiero darle ese dolor a mi mam谩”.